NORA ESTRADA

LATINO IN / LOS ÁNGELES

Sin conocer el mundo externo y hablando sólo zapoteco, el entonces jovencito Gabriel Martínez se aventuró a salir de su natal San Marcos Tlapazola, en el Valle Central de Oaxaca, para protagonizar su propia “película”.

Hipnotizado por los altos edificios del downtown de Los Ángeles, a los 15 años se rebeló contra sus padres y dejó su pueblo.

El inexperto viajero llegó a Tijuana. Ahí consiguió quien lo cruzara a Estados Unidos por un pago de 350 dólares, a través de la garita entre Tijuana y San Isidro. En los años 80 era fácil cruzar.

Gabriel Martinez ha recibido reconocimientos de parte de El Centro Internacional para Periodistas, New American Media, El Concilio de la Ciudad de Los Ángeles, y de varios consulados de México en EU.

La ilusión de este zapoteco era vivir en uno de los edificios más altos y bonitos, esos que había conocido por las fotografías que le presumían los “braceros” de su pueblo cada vez que regresaban tras levantar en California las cosechas de fresas y otros productos.

Pero a Gabriel le esperaban varios shocks en Los Ángeles: el primero, que no iba a vivir en el edificio que soñaba, sino en un departamento donde se arremolinaba casi una docena de paisanos en Venice Beach.

El segundo shock fue encontrarse con un mundo de “gigantes” y después, el ver a tanto “homeless”.

Han pasado casi 40 años desde que ese tímido jovencito llegó a la ciudad de Los Ángeles. Ahora, Gabriel es un hombre hecho y derecho que vive en una casa en Mar Vista, una exclusiva zona angelina, donde se relaja para dejarse llevar por las pasiones que finalmente encontró: escribir libros y fabricar cerveza artesanal.

Gabriel Martínez convive con algunas mujeres zapotecas.

“Al igual que muchos inmigrantes, ilusionamos un mundo lleno de fantasías. Yo diría que a partir del Programa Bracero, cuando regresaban (a México) bien vestidos, enviaban fotografías en los años 80 posando en los lugares más elegantes”, cuenta.
“Con esa idea uno viene acá sin saber realmente que le van a tocar los trabajos más difíciles, lo que el resto de la sociedad no quiere hacer”.

LA LLEGADA: VENICE BEACH

Sin rastros de pena, Gabriel confiesa que pasó la frontera como indocumentado y sin siquiera concebir la enormidad del país al que estaba ingresando.

“Mi papá había vivido aquí (en Estados Unidos) desde 1979, pero como no quiso que yo viniera, en el momento en que salí de casa (México) es que eres responsable de tus actos, y eso incluye pagar renta, comida, como si fuera un adulto porque fue por opción propia el venir a Estados Unidos”, aclara.

“Recuerdo que cuando pasamos por el centro de Los Ángeles prácticamente yo rezaba para que el lugar donde iba a vivir fuera en el centro de Los Ángeles, en uno de los edificios más grandes, con esa esperanza me preguntaba: ¿será ese edificio?, ¿será tal o cual?”.

El periodista y escritor también es en California un reconocido cronista de las tradiciones oaxaqueñas.

Pero Gabriel vio con tristeza que el auto en el que viajaba dejaba poco a poco el downtown, los edificios quedaban atrás y sus esperanzas se desvanecían.

Finalmente continuaron por el Freeway 10 hacia el Oeste. Sus ánimos habían decaído, sin saber que su destino era vivir en una de las zonas turísticas más cotizadas, pero incómodamente.

“Llegué a Venice. En un solo cuarto estaban como seis personas. En un departamento, como 11. Fue como un shock. ¡No venía para eso, venía para vivir en una mansión!”, narra.

TIERRA DE GIGANTES

Y el no vivir en el centro de Los Ángeles, como lo había imaginado rodeado de lujos, no fue el único impacto.

Dice que la complexión física de muchos habitantes que encontró en la turística Venice Beach, popular por contar con el gimnasio al aire libre donde entrenaban los fisicoculturistas, como el actor y ex gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, también lo intimidó.

“Al ver a diferentes etnias, como es los afroamericanos, gentes enormes, gigantes y musculosos, porque en Venice es donde entrenaban los que competían, como Arnold, el de los músculos.

“En ese entonces no lograba conceptualizar que el humano puede llegar a ser tan musculoso, y tampoco podía aceptar el porqué la gente vive en la calle sin techos, entre tantos choques culturales.

“Tardé muchos años para que aceptara que esto es la vida en Estados Unidos”, comenta Gabriel.

DE LAVAPLATOS AL PERIODISMO

¿Y el idioma? ¿Cómo le fue a este oaxaqueño que no hablaba inglés ni español, éste considerado el segundo idioma en la ciudad angelina? ¿Cómo se comunicaba?

“Pues no era tan difícil porque vivía entre la gente (zapotecos). Y empecé a trabajar en restaurantes, donde tampoco se requería el español o el inglés porque trabajaba con los paisanos. Pero cuando empecé a hablar inglés, recuerdo que me cansaba muchísimo de las mandíbulas porque no estaba acostumbrado a hablar español o inglés”, comenta sonriente.

“Pasé del zapoteco al inglés. El inglés es muy parecido al zapoteco porque no tiene género”.

Dice que en su pueblo están vigentes tradiciones ancestrales, como la lengua zapoteca.

“Yo terminé mi sexto de primaria. Se habla (en la escuela) netamente el zapoteco, uno aunque va a la escuela se comunica en zapoteco y trabaja en campo, vive en su propio mundo.

“Casi no hay la necesidad del español. Entonces (en el pueblo) no había mucha necesidad del mundo externo”, explica.

En Los Ángeles, Gabriel era un joven inquieto que no encontraba su pasión, su verdadera vocación, lo único que quería era convertirse en uno de los estudiantes de la UCLA (Universidad de California Los Ángeles) que veía como clientes en el restaurante de Santa Mónica donde trabajaba como lavaplatos.

Sabía que quería dejar los que consideraba trabajos pesados por algo profesional, así que se dedicó a terminar la High School y se enroló en el Colegio Comunitario de Santa Mónica.

Al poco tiempo decidió abandonar la escuela desorientado y tratando de encontrar respuestas existenciales.

“Tenía un gusto por los bolígrafos, las plumas, no sabía por qué. Cada vez que yo podía iba a las tiendas a comprar plumas sin saber usarlas. Cuando vi que ya tenía bastantes me cuestioné ¿y ahora qué? Yo creo que a partir de ahí, y la misma necesidad, mi vida empezó a cambiar.

“Ya no quería trabajar como lavaplatos, sino como cocinero, luego como mesero, luego como manejador, yo creo que las mismas inquietudes te van llevando. La gente va viendo en ti que requieres apoyo, te enseñan una palabra y te ayudan pronunciado, las vas anotando y le pones mucho entusiasmo”.

Luego decidió ir a la Universidad, pero tampoco sabía realmente qué quería. “Entonces me fui a Europa, y ahí cuestioné muchos cosas, por qué el Templo San Marcos es tan inmenso… cuestioné mis orígenes, quién verdaderamente soy y por qué estoy acá.

“Así que regresé a Estados Unidos con la idea de ir a la Universidad porque era la única manera de responder a mis preguntas”, dice.

Pero le faltaba orientación. Lo único que tenía claro era que debía ir a la Universidad porque ahí estaba la llave para encontrar las respuestas, tanto para cultura general, como para encontrarse a sí mismo.

“Finalmente estudié periodismo, no necesariamente por vocación, fue accidental”, narra.

“Y trabajé por varios años, primero en Univisión, en Monterey, California, luego me vine a Los Ángeles a la televisora que ahora es Estrella TV, pero tampoco tenía una respuesta a la vida que yo quería”.

VOZ ZAPOTECA

Con el paso de los años, Gabriel empezó a usar todo ese montón de plumas que había juntado para escribir ensayos, libros y hasta obras teatrales, pero la mayoría en lengua zapoteca, porque su interés es darle voz a esa comunidad marginada.

“Lo hacemos humildemente sin dejar de gozar cada segundo para darle voz a lo que se ha opacado por más de 500 años (desde la Conquista Española).

“El primer libro habla de basquetbol, el segundo es una colección de poesías de cómo la gente trabaja en el campo y es autosuficiente, la inteligencia de las mujeres, de los multiusos que le dan al rebozo, las mujeres indígenas que conviven con las gallinas, entre otros”, explica el ahora cronista de la vida de los migrantes zapotecos en California.

El escritor fue el ganador del concurso Creación Literaria en Lengua Zapoteca (CaSa), organizado por el pintor juchiteco Francisco Toledo, con el ensayo “Contraste: los perros de provincia y los perros del Occidente”.

“Este concurso se extiende a California, es la primera vez que se le da un reconocimiento y un espacio para hablar del verdadero significado de la filosofía de los indígenas y de su cosmovisión”, dice.

“El tener una alternativa que no sólo sea el español, francés, inglés, sino el zapoteco, que también es una lengua que decodifica el cómo vivir una vida”.

Gabriel también encontró otra pasión: la cerveza artesanal.

Cuenta que inició un proyecto llamado El Cervecero Ambulante, que consiste en capacitar y enseñar a los interesados el arte de la cerveza, en diferentes partes de EU.

“Se trata de degustar. Después de todo, la vida se tiene que vivir con calidad”, dice sonriente y con un vaso de cerveza artesanal en su mano derecha.