NORA ESTRADA

LATINO IN / ESPECIAL

De la noche a la mañana, Cristina Martínez se topó con el éxito y acaparó popularidad inesperadamente en un país en el que renació como persona, se forjó oportunidades… ¡y reencontró el amor!

Desde hace unos meses, los reflectores apuntan a la mexicana radicada en Filadelfia, desde que la revista Bon Appétit ubicó a su modesto, pero pintoresco y cálido restaurante South Philly Barbacoa en el sexto lugar de la lista de los 10 nuevos mejores de Estados Unidos.

La revista Bon Appétit ubicó al restaurante de Cristina como el sexto nuevo mejor del 2016 en EU.

Martínez, quien es indocumentada, no se da abasto para atender a los periodistas de los medios estadounidenses y de diferentes rincones del país que quieren reflejar su historia.

Cuando tocó el turno de LATINO IN, nos dimos cuenta de lo ocupada que se encuentra porque divide su tiempo entre el restaurante de barbacoa y el recién inaugurado El Compadre, especializado en tortas.

DOBLE RETO EN EL DESIERTO

Cristina contó que su camino al sueño americano inició en el 2006, cuando cruzó por primera vez la frontera entre México y Estados Unidos a través del desierto de Arizona.

“Emigré en el 2006 por primera vez a los 32 años. Recuerdo que me deshidraté y quemé por el intenso sol. Pasé frío, resistí la lluvia y tenía mucho miedo”, afirma.

La mexicana indocumentada, quien nació en Toluca, cruzó dos veces el Desierto de Arizona.
Estuvo un año en Filadelfia, volvió a México, agrega, y en el 2009 se arriesgó de nuevo por el mismo camino del desierto… “y esa vez para quedarme”.

BARBACOA EN EL DEPA

La ahora empresaria restaurantera cuenta emocionada que nunca pensó aparecer en una revista, y menos que su restaurante llamara la atención de tal manera que fuera calificado con un sexto lugar nacional.

“Wooow…”, expresa, “desde lo de Bon Appétit se fueron como al triple las ventas, y periodistas de todas partes me están buscando para entrevistas”. 

Cristina cuenta que a pesar de los comentarios que le hacía su esposo Benjamin Miller sobre que era riesgoso cocinar e invitar a comer a 21 personas al mismo tiempo en su pequeño departamento, ella siguió en su corazonada: preparar y vender barbacoa los fines de semana.

“Inicié (vendiendo barbacoa) en mi departamento, ahí estuve por un año y medio. Ben, mi marido que es americano, me decía: ‘estás haciendo algo que es ilegal, mal, el día que venga inspección te va a llevar presa’. Siempre me asustaba con eso. 

“Pero no me importó, no me daba miedo porque miraba que la gente que probaba mi comida se iba muy feliz y eso me daba energía para continuar la próxima semana”, añade.

SALE A LAS CALLES

Después, en el 2014, salió a la calle a vender la barbacoa en un carrito acondicionado para hot dogs que le prestaron para usar los fines de semana.

“Fue algo muy exitoso. Llegaba gente de todo el mundo. Cada fin de semana llegaba más y más gente. Todos alrededor del carrito y hasta sentados en las banquetas. 

“Pero recuerdo que el primer día que me subí al carrito lloré. Yo decía: ¿cómo voy a vender aquí mi comida? porque era un carrito para venta de sándwiches y hot dogs, no estaba acondicionado para vender tacos”.

Vendió barbacoa en calles y banquetas en un carrito de hot dogs.
Finalmente acondicionaron el carrito y hasta lo disfrazaban cada fin de semana de diferente manera.

“Le poníamos diferentes estampitas, pósters, fotos de clientes, revistas… lo disfrazábamos cada semana con diferente decoración. “, recuerda. “Era un trabajo de una hora que preparaba mi esposo Benjamín. Cada semana lo poníamos mágico, con mucha cultura”.

DE LA CALLE AL RESTAURANTE

Un año y medio después, la gran oportunidad se le presentó a Cristina, justo cuando crecía el miedo de que las autoridades la multaran por no tener un lugar reglamentado para cocinar. Un cliente le ofreció traspasarle un restaurante.

“Ahora no nos caen la lluvia ni la nieve. Es un restaurante sencillo, pero con mucho corazón”. 

Cristina comenta orgullosa que sus clientes provienen de muchos países del mundo.

De las calles pasaron al restaurante en el 2015.

“Es algo muy importante para mí. El que compartan italianos, americanos, afroamericanos, africanos, una sola mesa en mi restaurante es un buen karma para todos los que trabajamos aquí”.

SUS ‘INGREDIENTES’

Dice que aunque las recetas para preparar barbacoa ya están escritas, los “ingredientes” más importantes son la pasión y el deseo de trabajar.

“La puedes preparar, pero si no lleva el sazón que llevas en el corazón… ésta es una comida que no se puede hacer todos los días y que lleva 16 horas de proceso.

Dice que los “ingredientes” de su barbacoa son la pasión y el esfuerzo.
“Un ama de casa no va a querer ir a comprar el borrego, marinarlo, cocinarlo. Por ejemplo, nosotros cada semana preparamos en barbacoa entre 28 y 30 borregos, ya perdí la cuenta”.

MAÍZ DE FILADELFIA

Además de la barbacoa, Cristina consiente a los comensales con tortillas recién hechas con maíz que planta y cosecha en las afueras de Filadelfia, a hora y media de donde se encuentra el restaurante.

“Traer la semilla de México, sembrarla aquí, cocinar el maíz y el proceso de la masa cuestan mucho trabajo, tiempo y entrega, pero lo más importante es que tenemos sangre indígena en este restaurante y los clientes salen muy contentos”.

Siembran y cosechan el maíz para las tortillas cerca de Filadelfia.
TRAS AMENAZAS, DEJA A SUS HIJOS

Pero a pesar de que el mundo le sonríe a Cristina, hay una razón que le impide a esta mujer mexicana ser completamente feliz: la lejanía de sus hijos a quienes hace 10 años se vio en la necesidad de abandonar en México al huir de un marido que, afirma, amenazó de muerte a sus pequeños y a ella si intentaba llevárselos.

En el 2006, la restaurantera dijo que con el corazón encogido dejó a sus hijos Jesús (2 años), Isaías (11), Carla (12) y José (17) para escapar de la violencia que sufría y en busca de un futuro mejor para ellos.

Durante los 10 años que han estado separados, Cristina logró ver en una ocasión a José y Carla, pero por cuestiones migratorias no pueden reunirse como quisieran.

“Isaías (ahora de 21 años) vive conmigo, él es el que se encarga del restaurante de tortas. Carla (22) está intentando arreglar lo de la visa para venir, pero se la han negado, lo seguirá intentando. Y el más chico, Jesús, él no me hace en el mundo, él no sabe de mí.

“No pude (llevármelo) porque su abuelita (paterna) lo tenía en sus brazos y no pude quitárselo”, expresa Cristina con la voz entrecortada.

“Luego una abogada me dijo que no podía emigrar (a Estados Unidos) con los hijos porque el hombre me iba a acusar de robo de infantes, ya no pude hacer nada”.

Cristina comenta que todo lo que ha sufrido en su travesía de México a Estados Unidos y logrado en Filadelfia ha sido por sus hijos.

“Ojalá que pronto me pueda reunir con todos mis hijos, es difícil, pero no me queda más que luchar”, expresa.

“Ben va a ir a México a visitar a mi familia, por ejemplo, mi madre es viuda con mi abuela enferma, así que tenemos mucho por quien luchar y vivir”.

DEL ABUSO AL AMOR

La propietaria de South Philly Barbacoa y El Compadre cuenta que a pesar de que vivió años bajo el maltrato físico y psicológico de su ex marido en México, Dios no la abandonó porque en Estados Unidos encontró mucho más de lo que se esperaba.

“Fui explotada, y cuando salí de mi casa, salí sin ningún peso y sin hijos, sin nada. Mi ex esposo me decía que yo no servía para nada, pero Dios me dio la oportunidad de renacer.

“Si hubiera seguido en esa casa a estas alturas ya hubiera muerto o estuviera paralítica, era algo muy difícil. Fue un hombre muy explotador. Y bueno, salí en muy malas condiciones de México.  

Cuando me divorcié, él se casó con la vecina, estaba tan ciega y enamorada que no miraba más allá de la realidad”, expresa Cristina tras una larga pausa: “Eso ya pasó a la historia”. 

A los pocos años de llegar por segunda vez a Filadelfia reencontró el amor con Benjamin Miller, un compañero de trabajo en un restaurante.

“Estaba muy asustada de volver a tener una relación, pero también pensé que no podía vivir sola, necesitaba el apoyo de una persona, entonces dije: ‘Dios mío, dame un hombre porque si yo lo escojo tal vez me vuelvo a equivocar”, expresa entre risas.

“Y pasó el tiempo, y lo conocí en el restaurante donde los dos trabajábamos; platicábamos porque yo hacía los postres y se los tenía que entregar a él.

“Pero Ben siempre me decía que tenía que hacerlos mejor… y un día me dije: ‘Con éste me caso’”, recordó. “Yo pensé que tenía como 37 años, lo veía unos dos años menos que yo, que en ese entonces tenía 39, pero cuando me dijo que tenía 27, pues me sorprendí mucho porque era muy maduro, y aquí estamos, luchando y disfrutando esto juntos”. 

Benjamin, de origen estadounidense, es el esposo y apoyo de Cristina.
Entre risas, recordó que cuando Ben la propuso matrimonio “lo condicionó”:

“Si quieres casarte conmigo y dormir calientito, tienes que aprender a hablar español porque yo no tengo tiempo de estudiar inglés, tengo que trabajar doble y no me queda tiempo de ir a la escuela. Gracias a Dios, Ben ha sido bien generoso conmigo”.

ACTIVISMO PRO INMIGRANTE

Como indocumentada, Cristina sabe lo que se siente vivir con miedo a ser deportada, por eso encabeza una campaña en Filadelfia para convocar a los propietarios de restaurantes a impulsar un permiso de trabajo para los empleados, que son la columna vertebral del gremio prácticamente en todo el país.

“Junto con Ben estamos promoviendo entre chefs y dueños de restaurantes algo como un permiso. A mí me interesa hacer activismo pro inmigrante porque desafortunadamente yo soy indocumentada, y si vienen los agentes de Migración me llevan a mí, no importa que tenga negocio, no importa si estoy casada con Benjamin (que es estadounidense). No nos avala nada.

“Y mientras se lleva a cabo el proceso de que yo soy la dueña me afectaría a mí y a mi gente y no es sano porque vivimos con el terror de que puede venir Migración, y más ahora con el nuevo presidente”, comenta.

Afirma que también está creando conciencia entre los clientes estadounidenses de la situación de los indocumentados, quienes son los que les preparan la comida.

“Creo que es importante cambiar el corazón de los estadounidenses por medio de la comida, sobre todo a los estadounidenses jóvenes que vienen a comer, hacemos conciencia de nuestra situación y nuestros miedos.

“Por ejemplo, de que los latinos somos la columna de un restaurante, representamos algo muy importante. Estamos viviendo un situación complicada porque no sabemos qué va a pasar con el futuro presidente”, señala.

Cristina defiende las causas de los inmigrantes.