ALICIA ALARCÓN

LATINO IN / LOS ÁNGELES

Dueño de seis restaurantes de comida mexicana, fundador de empresas constructoras y veterano de la guerra de Vietnam, Gustavo Castillo asegura que todas las personas, en donde quiera que se encuentren, pueden tener éxito económico.

“Todo está en querer trabajar y ser el mejor en lo que uno hace”, asegura el empresario que vive en Los Ángeles.

Gustavo Castillo es propietario de los restaurantes de comida mexicana ¡Que Ricos!, en Los Ángeles.
Castillo afirma que la mejor herencia que se le puede dejar a los hijos es la cultura del trabajo.

“Mi padre me la impuso a la edad de 8 años. Me levantaba a las cuatro de la mañana y junto con otros niños me iba a cortar alfalfa”, recuerda.

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“Era un trabajo muy duro que teníamos que hacer en cuclillas. Cuando le decía a mi padre que estaba cansado, él me levantaba de las orejas y me decía: ‘un Castillo jamás se cansa’.

 “Después de esos desorejones nunca me quejé, y hasta la fecha”.

Castillo es dueño de la cadena de restaurantes mexicanos ¡Que Ricos!, ubicados en el Condado de Los Ángeles y en la ciudad de Arleta, California.

En el menú de sus restaurantes ofrece porciones pequeñas. En el menú de los niños no incluye soda y en lugar de papitas les sirve ensalada.

Oriundo de Guadalajara, Jalisco, Castillo asegura que su padre le recordó siempre que la mejor fortuna es la de ser trabajador y sobresalir en lo que se hace. 

“Yo nunca me olvidé de eso y siempre fui el número uno en todo lo que hacía. Desde mi trabajo en la construcción hasta el de cocinero”, agrega.

La familia Castillo emigró a Estados Unidos cuando Gustavo contaba con 12 años de edad.

“Llegamos sin papeles. Mi primer trabajo en Estados Unidos fue de ‘cajero’, hacía cajas de madera”, dice sonriendo.

“Nunca me sentí menos que nadie y nunca permití que nadie me discriminara. Siempre di resultados”.

Y esos resultados, acompañados por la guía y los consejos del que considera su amigo y mentor Gerald Hall, le permitieron lograr su primer millón a la edad de 29 años.

A ese millón le siguieron otros y, así como los acumuló, un buen día lo perdió todo.

“Me quedé sin nada, lo que es nada, mi carro se convirtió en mi casa. Ahí tenía todas mis pertenencias”, afirma.

– ¿Cuál fue su error?

“Nunca se debe invertir en lo que no se sabe. Yo invertí en mercados sin saber nada de ese negocio. En el primer año perdí 2 millones de dólares.

“Además, en esa época despilfarré mucho dinero, no escuché a tiempo el consejo de mi padre que me dijo: ‘hijo, los ríos también se secan’. ¡Qué iba a saber mi padre!, si el dinero me entraba como un chorro de agua.

“Nunca me imaginé que de un día para otro me iba a quedar sin un centavo y así fue.

“También siento que me faltó esa preparación que sólo da la escuela, pero no me rendí.

“A mí siempre me gustó cocinar y entré a trabajar a una famosa taquería y ahí aprendí de todo, no sólo a cocinar, sino que averigüé todo lo que era ese negocio.

“El día que me gritó el patrón fue el que escogí para salir y poner mi propio restaurante”.

– ¿Con cuánto dinero contaba? 

“Con nada, todo me lo fiaron, yo nomás conseguí lo suficiente para los dos primeros meses de renta”.

– ¿Qué consejo les da a las personas que se quejan de la escasez de trabajos?

“Que dejen de quejarse y que se pongan a trabajar”.

– ¿Cuál es su criterio para contratar a sus empleados?

“Yo me doy cuenta si van a ser buenos desde que entran por la puerta, por su forma de caminar. Los que llegan arrastrando casi los pies, sin mirar de frente, muy tímidos, no los contrato.

“Me gustan los que llegan con seguridad mirando de frente y que me dicen: ‘déjeme demostrarle que yo lo puedo hacer’. A esos les doy el trabajo”.