ALICIA ALARCÓN / LOS ÁNGELES

COLUMNISTA INVITADA

En noviembre de 1945, en Núremberg, Alemania, se efectuaron los juicios contra los generales nazis y demás personal que participó en la tortura, asesinatos y exterminio de más de seis millones de judíos, durante la Segunda Guerra Mundial.

El mundo exigía la respuesta a la pregunta de cómo una sociedad civilizada pudo haber hecho lo que hizo, en contra de otro grupo de la misma civilización.

La respuesta fue recurrente: desde los generales que dieron las órdenes hasta los que las acataron, para ellos los judíos eran “ratas” o “cucarachas” que merecían ser aplastadas.

Los nazis consideraban a los judíos una raza inferior que abusaba de la bondad del sistema alemán y que había usurpado los trabajos, los puestos en las universidades, el comercio y, además, no era cristiana.

A los psicólogos que participaron en los interrogatorios de los nazis acusados les resultó obvio que a los que trabajaban en los hornos y campos de concentración y a los soldados les pareciera natural ejecutar esas órdenes, porque su líder no consideraba a aquellos hombres, mujeres y niños como seres humanos, sino como un peligro para su propia existencia, por lo tanto su exterminio era necesario.

También documentaron cómo un solo hombre pudo sembrar el miedo en toda una población y convencerla de que su existencia estaba amenazada por los judíos que “conspiraban” para aniquilar a la raza aria y de que la tranquilidad y el progreso alemán sólo podía ser garantizado si se les eliminaba de la faz de la tierra.

Así, de un plumazo, un gobernante, que fue electo por una minoría, condenó a millones de judíos y a otras minorías a la peor de las muertes y autorizó que fueran sometidos a los más crueles experimentos.

La respuesta del mundo civilizado fue lenta e inexplicable. Estados Unidos impidió la entrada de un barco que transportaba 900 judíos que habían escapado de Alemania. 

El barco regresó de donde partió. Todos los tripulantes terminaron sus vidas en campos de concentración.

A partir de ese hecho vergonzoso, Estados Unidos, junto con otras naciones, fijaron reglas específicas sobre el trato a los refugiados, así como los recursos legales a su alcance, una vez que llegaran a su destino.

Todo esto cambió este viernes 27 de enero, cuando, de un plumazo, el Presidente Donald Trump prohibió temporalmente la entrada de inmigrantes de siete naciones: Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen.

El común denominador de estas naciones es que la mayoría de sus residentes no son cristianos, sino musulmanes.

Así, el Presidente, apoyado por sus más cercanos colaboradores, continúa con la campaña de miedo y terror contra millones de personas.

A base de repetirlo, han convencido a muchos que la mayoría de los musulmanes son una amenaza para la seguridad y la estabilidad de este país.

Trump, con su política de exclusión, ha condenado a millones de hombres, mujeres y niños, que nada tienen que ver con los radicales musulmanes, a un futuro peligroso e incierto, en el que el país, responsable en gran medida de la destrucción y muerte que se vive en sus países, les ha prohibido la entrada. (Léase Siria e Irak).

Con las nuevas medidas, los refugiados de cualquier parte del mundo temporalmente no pueden entrar a EU.

Para Siria, la prohibición de refugiados e inmigrantes no es temporal, sino indefinida.

La respuesta del mundo civilizado, hasta ahora, es un bloqueo parcial de la orden ejecutiva de Trump y una mayoría que permanece en silencio.

Alicia Alarcón, periodista radial, conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Ángeles, CA. Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados, de Arte Público Press y de Revancha, en Los Ángeles.