LUIS LARA

LATINO IN / MONTERREY / MÉXICO

Estos son tiempos sensibles en los que hasta hacer las cosas más sencillas del mundo puede desatar fácilmente indignación y vergüenza, pero también optimismo y solidaridad.

Este lunes fui a un lavado de autos aprovechando que los pronósticos anticipaban una semana soleada y que mi pequeño auto japonés que compré hace unos años merecía un premio por gastar menos combustible que muchos otros vehículos de motor, en medio de infames gasolinazos decretados por el Gobierno.

Me encontré en el lavado de autos con un joven veinteañero de origen hondureño que trabaja en el lugar desde hace 3 meses.

“Mi sueño era llegar a Estados Unidos, pero un familiar que me iba a ayudar con dinero para que me cruzaran no me pudo dar el dinero y tuve que quedarme en Monterrey”, me contó mientras secaba con un trapo el exterior de mi auto.

Luego me dijo, sin pensarlo mucho, la cantidad de dinero que le iban a cobrar los “coyotes” por la promesa de cruzarlo hacia esas tierras del Norte de América que hace casi 200 años pertenecían a México: 4,500 dólares (casi 100 mil pesos mexicanos al estratosférico tipo de cambio actual).

Muerta la opción de desafiar los presuntos dominios de Donald Trump y su séquito anti inmigrante, el joven me contó por qué decidió quedarse en Monterrey en lugar de volver a su tierra.

“Aunque sea lavando autos, aquí en México pagan más que allá en Honduras en otros trabajos”, me dijo.

Siguiendo yo la plática, pese a las miradas lejanas y serias del supervisor del negocio, le pregunté al muchacho que cómo era la jornada de trabajo y cuánto le pagaban.

“Trabajo de las 8 de la mañana a las 9 de la noche los siete días de la semana y me pagan 800 pesos por semana. También me dejan dormir por las noches a mí y a otro compañero hondureño en un cuartito del negocio.

“No tenemos hora para comer así que tenemos que ir corriendo por comida”.

Hice números al instante para repreguntarle: “¿Te pagan unos 110 pesos diarios para que trabajes 13 horas diarias lavando autos sin descansar ni un día y sin una hora fija de descanso?”.

Un simple “sí” fue la respuesta del joven, quien en lugar de maldecir su suerte parecía ver su trabajo como una gran oportunidad para dejar atrás la miseria de su tierra.

“También recibo propinas, aunque no todos dan”.

Para ese momento de nuestra plática, en la que el joven hondureño casi no dejó de limpiar mi auto ni un instante, yo ya había brincado de la indignación al conocer de viva voz el drama de un inmigrante centroamericano a la vergüenza de no haber hecho algo por muchos otros migrantes que como él se habían cruzado en mi camino.

Y también me pasaba por la mente el desafío que representa para la ciudad en la vivo el que cada vez más y más migrantes se han quedado y se quedarán varados aquí, sobre todo por las amenazas de Trump.

Pero me faltaba saber y entender el verdadero drama de su travesía.

El joven me contó que, al cerrar la empresa donde trabajaba y escasear los empleos, en septiembre dejó la ciudad hondureña donde vivía y donde tiene a su familia integrada por sus padres y 10 hermanos, y donde también está su novia.

“Me vine porque quería llegar a Estados Unidos para ganar dinero para ayudar a mis padres, pero no se pudo y ahora los estoy ayudando, pero desde Monterrey”.

Y ante mis preguntas, pacientemente empezó a contarme cómo inició hace 4 meses su aventura cruzando sin problemas la frontera entre Honduras y Guatemala.

“Eso fue fácil”, aseguró. “Lo duro empezó cuando tuve que cruzar el río para pasar a México.

“Ahí tuve que pagar 200 pesos para pasar en una balsa y al estar ya en el lado de México, un federal me cobró 400 pesos para poder seguir”.

El verdadero desafío estaba por iniciar: tenía que atravesar todo México, un país desconocido y con lugares inhóspitos.

Empezó en Chiapas en “La Bestia” o “Tren de la Muerte”, pero abandonó rápidamente ante las condiciones inhumanas del viaje.

Intentando por tierra, en Chiapas y Oaxaca escapó cinco veces de los agentes de Migración y de los militares.

“El escape más difícil fue cuando me persiguió un militar, porque los ponen a que te persigan uno contra uno. Me correteó durante un kilómetro, pero no me pudo alcanzar porque me sirvió que juego futbol y soy muy rápido. Me le perdí en unas cañeras”, me dijo.

Pero sus exitosas fugas trajeron consecuencias: Días enteros y a veces 36 horas de caminar casi sin parar le dañaron los dedos de los pies.

Exhausto, el joven estaba sin comer y a un lado de un camino en Oaxaca, cuando un señor que iba manejando una camioneta se detuvo a ayudarlo.

“Me llevó a un hospital de Oaxaca donde estuve tres días. Casi pierdo unos dedos del pie. No tenía a donde ir, así que el señor me ofreció quedarme en su casa”.

Trabajó unas semanas en el negocio del hombre que le dio auxilio. No conforme con darle ayuda médica, casa y trabajo, su protector lo adoptó literalmente al llevarlo con un abogado que le tramitó acta de nacimiento y credencial de elector.

“Mire, no es falsa”, me aseguró mostrándome con cierto orgullo una credencial de elector como la que tengo yo, pero con dirección de Oaxaca.

“El señor me dijo que era mejor que me adoptara para que pudiera tener papeles y no tuviera problemas en México, si quería continuar mi viaje a Estados Unidos”.

De Oaxaca fue a dar a la Ciudad de México, donde estuvo brevemente con la hermana de su protector oaxaqueño.

“Luego vine a Monterrey, pero en autobús y sin problemas porque ya traía papeles.

“Me topé con Migración, pero les mostré mi credencial de Oaxaca y me dejaron seguir”.

Tras una travesía de más de 2,500 kilómetros y su fallida entrada a Estados Unidos, se quedó en Monterrey, con hondureños que conoció en México, y vino a dar al negocio de lavado de autos a donde acudo de vez en cuando.

Platiqué con el joven hondureño no más de 40 minutos, pero fueron suficientes para recordarme que como ser humano debo mantener mi indignación y solidaridad porque hay miles, millones de migrantes como él que se ven obligados a emprender una travesía espantosa en busca de una vida digna.

Al final también salí de ese lavado de autos con un ligero optimismo porque Trump y los que rechazan, pisotean o ignoran a los migrantes en Estados Unidos, México u Honduras no la tendrán nada fácil.

El espíritu de los migrantes, por definición, no conoce fronteras y el de aquellos que les dan la mano en el camino, tampoco.

Eso iba pensando cuando me alejaba del joven hondureño en mi pequeño auto que él lavó como nunca antes lo había hecho nadie para mí.

Unos segundos antes, le había prometido regresar con ropa que lo protegiera del frío de esta época en Monterrey y para ver qué más podía hacer por él.

Pero la verdad es que él hizo mucho más por mí: me dio una lección de vida que espero nunca olvidar.

Luis Lara es un periodista mexicano con experiencia de 30 años en medios de comunicación digitales e impresos.